En la moa de la Montaña Sagrada

Relato Corto de Alejandro Montero

dedicado a Antonio compañero de viaje
a Fátima, Xavi y Lobo que fueron mis guías
a la manada del parque que me siguió con Luna
a toda la personas que conocí y me ayudaron en el camino
a todos los que me animásteis

Y así… siguiendo las señales que me marcaban mis sueños y visiones, cargado de dudas, temores e ilusiones, y una mochila sobrada de peso, apreté las cinchas del macuto, até los cordones de mis botas y comencé la marcha por las mismas sendas que siguieron hace siglos los druidas e iniciados en su peregrinación a su monte Santo; buscando la razón de tal devoción y de encontrar en el final de ese camino las respuestas que se guardan celosamente en mis poemas y cuentos sobre seres maravillosos que viven en mundos paralelos y que algunas noches me visitan y me inspiran; susurrándome al oído que olvidadas leyendas hablaban de un portal que se abría a otros lugares perdidos en las estrellas y a través del espejo sin reflejo de su puerta venían para conocer las bellezas de este mundo y prendados de planeta tan hermoso y de seres tan extraños y diferentes, aquí se quedaron.

Mi corazón marcado por una oscuridad, ¿es el amor eterno o alguna vez se acaba?
En mi mano una piedra.

-Vamos, viejo lobo.
Dijo mi leal compañero con una sonrisa, sobrado de energías, con ganas de llevarnos al límite nada más empezar la marcha, empujando de mí y de las profundas heridas clavadas en mi alma.
-calculo que te quedan mil kilómetros por delante, eso son dos millones de pasos… más o menos.

-Con el primer paso se empieza a caminar hasta llegar a esos dos millones… más o menos.
Respondí comenzando mi propia peregrinación. Nada podría detenerme hasta llegar a mi meta.

Son duros los caminos en las tierras de los vascos, sus pueblos enclavados entre inaccesibles montañas, o entre escarpados acantilados colgados sobre el mar, a la orilla de pequeñas playas. De gentes reservadas y generosas, celosas de sus tradiciones y un idioma ancestrales; que aman a la madre tierra que los pare y por ella entregan la sangre.
Mi cuerpo se fue endureciendo, filtrando los venenos que escupía mi espíritu cargado de traiciones e iras, clavadas en el pecho con una flecha me lastran; y de una mente acomodada y poco disciplinada, acostumbrada a mandar a su antojo.

-¡Vasculitis! Tu pierna se ha infestado y la infección revienta los vasos capilares. Tres días de descanso.
Dijo el médico mientras levantaba mi pierna y por el talón derramaba sangre y bilis, para curar las heridas que supuraban de un pie hinchado.

-No puedo, he de continuar mi marcha no puedo detenerme ahora.

-Pues toma antibiótico e ibuprofeno por un tubo, porque te va a hacer falta.
Se despidió el médico.

El camino te quita pero el camino te da si, demuestras que afrontas los desafíos con entereza, sin entregarte ni darte por vencido si sabes observar atento a las señales que te manda y sigues los tiempos que te marca. Y el camino que me había llevado hasta el extremo aún más me pedía, pero el camino es generoso y me dio el cobijo en el hogar de familia que marchó hace tiempo hacia aquellas tierras.

-¿Por qué lo haces así, primo? ¿Por qué no descansas unos días aquí en casa y te recuperas?

-Porque ellos no se detuvieron, no disfrutaron de comodidades, ni de mapas ni guías; porque así lo siento en lo más profundo de mi ser, así ha de ser. Pensé que había llegado a mi límite y no he empezado más que a ponerlo a prueba.

En mi mano una piedra apretada entre mis dedos, el dolor del corazón del hada.

-Vamos viejo lobo, continuamos la marcha.
Avisó el compañero.
-Lo bueno es que ahora vienen bosques, valles y playas de arenas doradas.
Sonreía mientras me azuzaba.

Y recorrimos hermosos pueblos cántabros enclavados en su historia, cuidados y mimados; y playas de piedras preciosas por las que suspiran las nereidas desde las rocas a la caída la tarde.
Pero ni andando sobre aguas tan sanadoras se curaban mis heridas, ni la belleza y generosidad de aquellos lugares paradisiacos para alguien que vive en tierras más cálidas, aplacaban mi deseo de seguir adelante.
Sol siempre fue mi mejor compañero, siquiera me abandonó en el camino y si lo hizo algunas veces fue para esconderse entre nubes y darme respiro, que ya la noche venía fría para ir durmiendo en los montes o al amparo del pórtico alguna iglesia, al abrigo de espíritus que te guardan junto a los cementerios. Mientras Luna se escondía presumida, molesta porque no le había hecho mucho caso durante las noches y solo me acordé de ella cuando envuelta en su manto de flores llego llena deslumbrante, aunque al poco de basarme ya caí derrotado en profundo sueño que entre sus brazos dormía.

-Eh compañero aquí termina mi viaje, ha llegado el momento de que continúe el camino solo. Aquí nos despedimos, es el momento de encontrarme con mi espíritu y mirarle de frente.

-Recuerda que una persona consume diariamente mil quinientas calorías pero con el esfuerzo que estamos haciendo quemamos cuatro mil; y que un kilo de grasa son…

-Sí, recuerda el lobo que cuando se le acaba la grasa comienza a consumir los músculos. Es conocimiento de supervivencia.

Abandoné aquellas tierras para adentrarme de nuevo en la montaña y en la oscuridad que habita en mi interior, para controlar a la fiera que llevo dentro. En el cielo de la noche, creciente Luna llega preñada de sangre.

Y las heridas que no sanan.

-Va roto.
Dice un leñador a otro al pasar por su lado. Me miran recelosos y algo preocupados.

Sí, voy roto, pero desde que empiezo a subir una montaña no me detengo hasta llegar a la cima para buscar cómo encarar a la siguiente, nada detiene al lobo, solo la muerte.
Y el lobo se lame sus heridas, estaban sanando, dejé de tomar medicinas, mi espíritu se fortalecía.
En mi mano abrasaba una piedra apretada entre mis dedos, el dolor del corazón del hada, exhausta me ayudaba a contener la rabia y la ira de la pena en las heridas del alma. La refresqué en las aguas de la fuente de la energía que nace en algunos lugares, y agradecida me llevó entre suspiros a un bosque encantado en tierras de los astures, donde cantan ebrios los duendes y bailan las hadas, en algún lugar desconocido, perdido entre la niebla.
-Conoce a tu cuerpo, todo está en tu mente, observa el dolor como una sensación más, que aparece y desaparece a cada instante.
Me vino el pensamiento de las palabras del maestro de meditación.
El dolor ya no duele de la misma manera, cuando comprendes que todo está en tu mente.
Y ya no temes a las heridas ni te preocupa los peligros de la montaña, y se te va la cabeza al otro extremo que si no tienes cuidado te vuelves imprudente buscando siempre como llegar más lejos, sin reparar en limitaciones.

Caminaba de sol a sol, hacía las paradas justas para reponer fuerzas y rellenar del agua necesaria hasta la siguiente fuente.
El lobo buscaba a Luna en las noches oscuras, vagando entre viejas sendas de otros tiempos, para reencontrarse y compartirse con la manada que aguarda impaciente en casa.
De la piedra un hada en las noches entre mis brazos se acurrucaba, tranquila y confiada.

Reconciliado e integrado con la madre Tierra, con los espíritus que protegen a la montaña y con los seres que habitan sus bosques que si los tratas con cariño y respeto, también ante sus restos, te consideran como a iguales; y te permiten compartir como uno más de ellos, lugares tan hermosos. Allí conocí a Corzo, a Cierva, a Jabalí, a Caballo salvaje, a Águila, a Búho, a Salmón, trucha, a Cuervo… a muchos otros; por su cuerpo sentía su esfuerzo, su lucha por sobrevivir en este mundo, por no dejar de ser parte de él, así a través de sus ojos veía.

Había llegado el tiempo de buscar reposo y atender al alma; aunque todavía quedaba lejos, a varias jornadas de camino, el refugio y cariño del monasterio.
Aceleré el paso, confiado en exceso, queriendo llegar cada día más lejos, que ni apenas paraba para echarme algo a la boca, ni detenía la marcha hasta bien entrada la tarde, y así me llegó una noche sin haber encontrado lugar protegido de visitas inoportunas, y un par de mastines fieros altaneros acorralaron al lobo junto a la fuente, pero no mostré miedo, ni retrocedí ante sus intentos de que saliera huyendo y esquivé con agilidad cada ataque, hasta que alertados por el ruido llegaron un par de pastores a mi rescate de sus propios canes.
El camino me ponía una nueva y dura prueba para determinar mi decisión y coraje, una demostración de valor, una advertencia por haber bajado la guardia, antes de permitirme el descanso y la paz entre los muros de Samos.

La piedra ya no estaba, había marchado el hada.

Pasaban tranquilos los días y las noches al refugio del monasterio, al cariño y aprecio de tantos amigos y hermanos que conviven por y para aquel remanso de paz, donde el tiempo transcurre casi inapreciable reponía fuerzas y sanaba el alma haciendo de guía a otros peregrinos: esta es la capilla prerrománica del siglo VI, aquí el claustro gótico, la fuente de las Nereidas, la biblioteca, la botica, la capilla neoclásica, la iglesia neogótico, de sus tesoros y de las pinturas de una vida santa y de una historia de servicio anclada más allá de la historia y de esta era, enraizado a la fuente de la vida que irradia a todos los que en su entorno cohabitan; Ciprés milenario en él descansa espíritu legendario.

-¿Cuándo dejará el hombre de matar al hombre?
Pregunté al Crucificado.

-¿Es el amor eterno o alguna vez se acaba?
Esperé durante horas por días una respuesta, el rostro de santa Cristina se iluminaba con una respuesta… tengo que creer que el amor no muere, necesito creerlo, si no nada puede serlo, ni nada tendría sentido.

Allí, enraizado a los pies de Ciprés en la fuente de la energía de la vida, junto a la ermita de los santos, que se levanta sobre un círculo celta de piedras, y este sobre los lugares sagrados donde hacían sacrificios humanos aquellas tribus primitiva desde los primeros hombres que en las distintas eras lo habitan; esperé la bendición de madre Luna, Virgen generosa, que comparte sus riquezas y conocimientos con los seres que de ti se acuerdan, mientras me compartía con la manada.
Y a la mañana siguiente reanudé ls marcha.

Me seguía distante el hada, me saludaba entre las hojas de alguna fuente, o me susurraba mantras por el camino para que apretara la marcha, pareciera tener prisa por llegar conmigo a mi destino, aunque a veces la sentía triste y desconsolada ya no dormía por las noches entre mis brazos, ni latía su corazón en mi mano.

Fue generoso el camino en aquellos tramos, entre sendas de álamos y castaños, tiempo apacible para conocer de otros caminantes, de sus lugares de procedencia, de sus historias y motivos diferentes, pero unidos por la llama del Espíritu que late compartido entre todos, amigos quizás por unas horas, hermanos de caminos.

En el monte do Gozo, en el monte de la alegría, donde lloran los peregrinos después de tan duros viajes; se saludan, se recuerdan, se comparten, para preparase para bajar al día siguiente al campo de estrellas, para unirse en un solo abrazo con el Espíritu que da vida a toda Vida antes de volver a sus lugares de origen, para empezar otros caminos.
Y con ellos me confundí en el mismo Espíritu por algún rato, pero mi camino es más largo, mi búsqueda más profunda, todavía no había llegado mi meta.

El camino se hace ligero a pesar del cansancio de tantos días pasados, no pesa igual, avanzas envuelto en la armonía de todo cuanto encuentras a tu paso, seguro y confiado, que no necesitas señales, ni pruebas, embriagado de espíritu, se acercaba el final de mi destino.
La noche anterior me anunció con una tormenta de rayos que rasgaban el cielo, despertándome del sueño en el que andaba sumido y recordándome la llamada de montaña Santa.

Desapareció el hada, su corazón ya no latía.

Bajé al lugar conocido como el fin del mundo, donde los espíritus antiguos vienen a purificarse, por tres veces sumergidos en las aguas benditas que bañan esas arenas para burlar a la muerte, antes de empezar de nuevo en un mundo nuevo. Y en el ocaso del sol desee llevarme con ellos, al menos en sueños, pero mi destino era otro, aún más lejano.

Apenas con lo necesario en el macuto y lo justo en los bolsillos, esperé allí, donde do Sol e da Lúa se funden en un interminable abrazo, a quien habría de venir para llevarme a la montaña.

Sentado al sol en un banco una muchacha bella escuchaba mi historia, aquella joven que en mi sueño la roca había tomado su rostro.

-Yo conozco ese sitio, yo te llevaré junto a Gigante, guardián de la montaña Sagrada.

-Lo sé, te estaba esperando.

-Pero te aviso que viene tormenta, no es bueno andar por esas montañas solo, muchos se pierden todos los años, podrías esperar unos días a que…

-No, ya avisó dragón de Agua que venía a visitarme, alguna razón la traerá, el tiempo es ahora y el momento es este.

A los pies de la montaña nos esperaba un muchacho puro de alma, y el lobo inquieto, expertos conocedores de la montaña.
-observa bien los caminos y las señales, si te pierdes recuerda que por allí hay un pueblo, y por el otro lado de la montaña otro…
Apenas podía escuchar sus palabras, hablándome de nombres, todo mi ser se compartía con la montaña, se abraza, se sentían, se recordaban de otros encuentros de otras edades de tiempos. Su sentir me embriagaba, en riscos de piedra con figuras de otros seres algunos olvidados que habitan este mundo y de otros lejanos, entre esqueletos de árboles calcinados del gran incendio, en el soplido del viento y la danza de los insectos.

-No te preocupes, conozco a la montaña, y sé muy bien a lo que vengo, para esto me he preparado, todo es como tiene que ser en tiempo y forma.

Montamos mi refugio al abrigo de unas ruinas frente al Guardián de la moa.
-He de mostrar mis respetos, hacer la invocación y darle mis regalos antes de que venga la noche.

Pinté el círculo de estrellas sobre las piedras que lo rodean, y recité las palabras que solo los magos deben saber, y no pueden ser escritas para que no caigan en manos inapropiadas.
Y le entregué los regalos traídos de los lugares visitados, conchas de varios mares, plumas de las aves que encontré por los caminos atadas en racimos con vellos hilos de lana, huesos de animales sacrificados brutalmente por el hombre.
Su espíritu ancestro despertaba y me poseía arrastrándome por la tierra, comprobando la bondad del mío, dudaba… canté para apaciguarlo.
Agotado llegué a mi refugio, en el interior un huevo de dragón me envolvía, de luz verde resplandecía, y entre ensoñaciones caía…
Y era un ángel y que volaba por esos mundos donde vivían aquellos que habían marchado a un mundo nuevo. Y volé por un mundo muy parecido al nuestro, sobre niños en sus escuelas y hombres en sus quehaceres diarios, sin miedo, sin odio, sin guerras. Lugares donde el hombre no da muerte a otros hombres, y la vida de todos los seres es respetada en igual manera.
Y caí profundamente dormido o tal vez desperté de un dulce sueño.

La tormenta bañaba la montaña, el viento apretaba.
Merodearon espíritus resentidos con las personas aquella noche, el guardián me protegía.

-¡Vete! Que te marches de aquí, no eres bienvenido a este lugar, no eres digno, ningún ser humano lo es, habéis perdido el derecho, sois crueles hasta con vosotros mismos…

-Pero yo he…

-¡Nada! Tú nada de nada, coge todo lo que has traído y te marchas por donde has venido.
Un chorrillo de pajarillos molestos, no hacían más que increparme nada más salir en la primera mañana.
Abrumado me decidí no responderles y subir a lo alto de la montaña, alejándome de ellos. Allí en la moa del monte sagrado contemple el fin de este mundo, sobre el lomo de dormido dragón de Piedra que espera paciente ser despertado; lágrimas de dragón de Agua por la llama del corazón de Fuego que se apaga, dragón de Aire anda alterado. Descifrando el mapa que muestran desde la cima el reflejo de un camino de estrellas, dibujado entre las costas y las islas.

Y bajé de la moa buscando el cobijo para comprender lo que había visto, y medité sin comer, sin apenas agua, mi cuerpo y mi espíritu todavía escupían veneno, no estaba purificado, a pesar de todo lo hecho.

-¡Sal! Sal valiente y da la cara te estoy esperando.
Salí sin demoras a las amenazas que no soy de los que se achantan fácilmente. Cerdo enorme ensartado en alambre de espinas y ojos cargados de ira, en su mano una maza chorreando sangre; junto a él otros me increpan.
-Y… nosotros ¿Qué? Es que acaso nosotros solo somos ganados, ¿no merecemos una vida digna? Solo nacer para ser sacrificados para saciar vuestro voraz apetito, ¿Qué somos menos que otros?

La maza golpeó mi rostro, lanzándome de boca contras las rocas.
-¡Yo…!

-¿Tú…? Nada, rezumas por los poros el olor de mi dolor y el de muchos otros. ¿No escuchaste nuestros lamentos y sentiste nuestro sufrimiento en este camino?, ¿No te conmovieron nuestra angustia y nuestra pena?

-Sí, pero…

-¿Pero qué? Ahora yo te devoraré cuantas veces tú lo hagas, hasta convertirnos en corderos.
Se lanza hacia mí, llevado por el odio y la ira; de mi pecho Lobo desbocado salía en mi defensa, plantándoles cara. Ningún otro se enfrenta a Lobo, todos le respetan.

-Él es un ser ancestro de honor, vosotros olvidasteis lo que es eso… humano despreciable.
Marchan los exaltados por donde vinieron; yo regreso a mi refugio de luz, protegido en el vientre de dragón de Piedra. Y no sé si despierto o duermo, o medito entre sueños.

Sol nace en poniente y muere en levante cada noche de cada día.
Luna es una brújula estropeada que no sabe hacia dónde va.

Escampa la tormenta.

Salgo a dar un paseo a la tarde, buscando algunos rayos de Sol esquivo entre las nubes, viento refresca mis ideas. Me siento observado por todas aquellas estatuas de piedra de seres aunque conocidos extraños para el ser humano. Tan metidos en ellos mismos y de este mundo que han creado, que olvidaron comunicarse con ellos, y se convirtieron en piedras olvidadas.
Y en lo alto de aquella otra montaña, me consolé en mi soledad, en la soledad del ser humano y aprendí a perdonarme… solo un poco.

Y busqué refugio en el vientre de la Madre.

Salí ya no sé si a la mañana, a la tarde o a la noche, no hacía viento ni lloraba agua, no había nada, siquiera los esqueletos de los muertos, todo era tierra y piedras quemadas; a mis pies una serpiente preparada para su ataque.

-¿Y si te muerdo y te clavo mi veneno antes de que puedas pisarme?

-¿Y si no te pisara y dejase que me mordieras? Ya no sería tu veneno, sería mío. ¿Aplacaría tu rabia, y tu sed de venganza? Haz lo que tú conciencia te dicte, yo actuaré conforme a la mía.

Lanza su ataque Serpiente, clavando sus dientes en pierna, veneno que ya no envenena.

-¡Chico listo! Crees que puedes vencerme tan fácilmente.
Se transforma Serpiente en Gigante de piedra entre carcajadas que retumban la montaña.
-¿Y si te pisase yo, estrujándote contra el suelo? No quedaría nada de ti, serias arena en esta montaña.

-No lo harás, me conoces, te conozco, eres mi amigo, no mi enemigo, confío en ti. Eres el muchacho de piel caoba que me susurraba en los cruces de caminos.

-Sí…, bueno es solo una de las apariencias que tomo, pero no esperaba que pudieras reconocerme, está bien, tú ganas.
Extiende sus brazos cargados de plumas, entre ellos se abre una puerta de piedra.
-¡Vamos amigo! Ven entra, detrás se encuentra todo aquello que has deseado, todo lo que pudiste imaginar, se acabará el sufrimiento y el temor, vivirás en paz.

Salta mi pecho desbocado Lobo ansioso que apenas puedo aguantar la acometida agarrándome a las piedras que revientan entre mis manos. Lobo se golpea con fuerza contra la puerta, dejándome medio inconsciente.

-Te vencí, has caído en mi trampa.
Sonríe orgulloso el muchacho.

-Me pillaste desprevenido.

-Pensé que habías venido a jugar conmigo.
Endurece el tono de las palabras
-No, no vine a jugar, vine en serio buscando un portal.

-¿Estás seguro de lo que dices? Mira luego te vayas a echar atrás.

-Sí

-¿Y Alondra, Cuentacuentos?, ¿dónde está que no la veo?

-No vino…
Bombea mi alma sobre mi pecho.

Se retuerce el intrigante
-¿Qué pasó? Se ahogó en un mar de dudas, la vencieron los temores, equivocó las señales, olvidó los secretos arcanos, o simplemente se perdió en laberinto del tiempo.

-No, no supe… tenía otras prioridades, busca por otros caminos.

-Bien.. si tú lo dices. Entonces vamos, amigo. Abandona ese cuerpo caduco y muéstrate tal cual eres, tú eres señor del aire, tu eres un dios que crea mundos.
Extiende su mano, sopla llevando en arena que recubre a dragón de Viento.
Me retuerzo en mi nuevo cuerpo poderoso y etéreo.

-¡Allí…! Está la respuesta.
Muestra hacia el cielo una puerta que reluce en un campo de estrellas.
Extiendo mis alas, y vuelo hacia ella.
Y dragón de Agua en lágrimas se me derrama, y mientras la puerta más y más se aleja.
-¡Da vida a la vida hermano! No la desprecies, ni la abandones al olvido. No tengas prisa hermano, te estamos esperando.

Vuelvo al útero de la Madre primigenia, desnudo, encogido como un recién nacido, envuelto en lágrimas y sudor.

La tormenta ha marchado. La mañana trae un nuevo sol, en canto de pájaros amigos y conocidos, en danza de insectos.
Sobre mi mochila late con fuerza el corazón de piedra del hada. La observo anonadado, después de tantos días.
No utilizan lenguaje como nosotros las hadas, ellas transmiten sentimientos a través de sensaciones, difícil comunicarse sin equivocarse.

-Dime pequeña ¿Por qué me siento tan solo? Eres lo único que me queda, eres parte de mí.
No contesta, no entiendo el por qué de sus tristezas, el motivo de contradictoria alegría. La agarro con fuerzas entre mis dedos y salgo fuera.

Subo sobre una nueva piedra, en la que antes no me había fijado, tiene forma de mano, de carro, o de nave del espacio, según se mire; que apunta al hueco de entre dos montañas, hacia donde se dirige Sol lentamente, habriendo una puerta de cristal y de espejo en el que veo mi reflejo desde este lado.

-¡La encontraste hermano! Ninguno de los otros tus consiguieron llegar hasta aquí antes. Ven vamos, marchemos, allá se encuentran todas las respuestas, y se abren los caminos hacia lugares que ya has soñado antes, solo tienes que atravesar sus puertas, y todo esto será un bonito recuerdo de tu paso por este planeta.

Dudo…

-¿Es por ella?

Aprieto con fuerza el corazón del hada
-Dime… ¿qué hacer?

A su tacto cálido me susurra.
-Si decides ir yo marcharé a tu lado, si te quedas no volveré contigo, me quedaré aquí esperando a que regreses en la montaña.

A lo lejos envueltos de sol regresan mis guías, con risas y juegos, Lobo se les adelanta, se detiene ante nosotros abrumado pero sereno y tranquilo.

-No, no es solo por ella, es también por muchos otros a los que también quiero; pero sobre todo por mí, quiero vivir el final de esta era, y conocer la siguiente. Tantas vidas me lleve en ello. Me puede la curiosidad humana, ser tan extraño y complicado, capaz de todo y de nada.

-Sufrirás

-Y amaré

-¿Estás seguro? Mira que Sol todavía no ha marchado. No se abrirá más el portal para ninguno de tus otros tus, en esta era.

-Sí lo estoy, he de volver para contarlo

Se despide el muchacho buscando otros cruces de caminos, entre portales hacias lugares lejanos.
-Hasta que nos volvamos a encontrar Cuentacuentos.

Bajé de la piedra que tiene forma de mano, de carro o de nave del espacio. Me abrace a Lobo y los guías que venían a recogerme, trayendo provisiones y agua.
Rompí la piedra que guarda el corazón del hada en dos, para que las cuidaran y la llevaran a la montaña de vez en cuando hasta mi regreso.

Volví al monte de la alegría, allí aguardé dos días antes de visitar al Espíritu, perdido en el aroma de inciensos y al canto de misas. Viendo la alegría de aquellos que recién llegaban y se abrazaban en el reencuentro después de acabar sus caminos, recordándome a mí en otros. Regresé a mi mundo, con mi gente.

Así ocurrió como os cuenta Cuentacuentos, que no le contaron a él antes, que yo lo viví de esa manera, puedo dar fe de ello, y si no preguntadle a todos aquellos que me conocieron, me ayudaron y compartieron conmigo momentos en el camino… de todos guardo recuerdo.

De lo qué es cierto, sueño o fantasía, cree lo que quieras, hasta yo no sabría qué decir.

Al fin y al cabo…

¿Cómo se construye la realidad?

Camera360_2015_6_17_073324 la Montaña con Lobo

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