solo respira

relato corto de Alejandro Montero
dedicado a Laura

No he tenido oportunidad en esta vida de ejercer funciones de padre, quizás mis conocimientos y experiencia en este sentido estén mermadas. No obstante, puedo intuir las obligaciones y la responsabilidades tan grandes que se asumen al traer a un nuevo ser a este mundo; una nueva persona que no empieza de cero, que trae tu genética y que comparte, al menos en parte, lo bueno y malo que hay en ti, y aún así llega tan desvalido que necesita de todo para seguir viviendo.
De lo que reciba, pienso, incluso desde el vientre materno determinará su conciencia, valores, gustos y deseos en el crecimiento y evolución posterior y determinará en gran medida, lo que ese nuevo ser será y aportará a este mundo.

No sé hasta que punto se está preparado para ser padre hasta que llegado el momento lo eres, supongo que el instinto te aporta, como también las relaciones dentro de la familia y amistades te ayudan.
No sé, si aquellas personas que han decidido serlo, o que por circunstancias de la vida lo son, se preocupan por mejorar, por formarse en este sentido para tomar consciencia de su comportamiento ante sus hijos. Si se detienen a meditar y pensar sobre su actitud ante sus hijos y como influye en ellos aquello que hacen.

Nunca me gustó generalizar: que antes todo era mejor o peor, que todos los… son…; entiendo que hay padres que asumen estas funciones en mayor o menor medida, y cada uno es diferente en sí.
No obstante ellos también están condicionados de alguna manera por la educación y formación que recibieron y que les llevó hasta ese punto.

He vivido, en esta realidad, el final de una época y el principio de otra. En mi juventud, todavía existía el servicio militar obligatorio y aunque no “serví” porque hice la “objeción de concienca” 🙂 me alegré de su supresión pues entendía que enseñar para la guerra, para estar preparado para matar a otro ser humano, era un avance importante. A pesar de ello, también soy consciente que en el tiempo que duraba ese servicio, a los jóvenes llegados de diferentes lugares, familias y conocimientos y formas de entender la vida, recibían de alguna manera, con cierta igualdad, valores de sacrificio, compañerismo, esfuerzo y servicio a la comunidad y a la sociedad que se han ido perdiendo en aras de un individualismo cada vez más desarrollado en las nuevas generaciones.

Pero no es cierto, que su supresión se debiera a una evolución pacifista de la sociedad, solo se eliminaron los aspectos positivos y se redujeron costes de una formación que se había quedado innecesaria y unas formas anticuadas. Para dar paso a una nueva forma de preparar a los más jóvenes para la guerra.

En “Los juegos de Ender” (Orson Escott card 1985) ya se intuía esa nueva evolución, donde se selecciona y forma a los niños a través de los videojuegos, para destruir en esa historia una civilización extraterrestre que amenazaba a nuestra especie.

De esa manera, entró en los hogares de los países “civilizados” un conocimiento y una preparación que encierran una maldad y un daño a los niños y jóvenes de límites incalculables.
Solo hay que preguntar a esos menores, para darte cuenta que conocen perfectamente todos los tipos de armas y municiones que existen, su mejor uso, sus cualidad y especificaciones; de armas incluso que todavía están por llegar.
En las edades más frágiles del ser humano, en tiempo real, en escenarios de guerra actuales, enfrentan en juegos, con un realismo espeluznante, a “comandos” o pequeños grupos a matarse a unos a otros, con el objetivo de ganar experiencia y mejores armas que maten más.
Durante horas, a veces hasta bien entrada la madrugada, dejando obligaciones, estudios y parte de una vida, ses les martillea el celebro con el ruido atronador con el sonido de armas de fuego que no tienen diferencia alguna con las reales.

No estoy en contra de los videojuegos, juego a algunos, y estoy convencido de que pueden llegar a ser muy formativos y educativos. Siempre que aporten algo positivo, y que no sirvan para ahogar las frustraciones y ansiedades de unos jóvenes llevados por el deseo de tener las mejores marcas, las últimas videoconsolas, los más sofisticados móviles… más… más… quiero… quiero… quiero…

Dicen, y estoy convencido de ello, que si se enseñara meditación a los niños a partir de los ocho años de edad en todos los colegios del mundo, se acabaría con la guerra y la violencia en este mundo y en una especie, la humana, que no ha conocido época sin destrucción ni muerte, en tan solo una generación.

No podemos cambiar el mundo, pero podemos cambiar nosotros mismos, además de una forma muy sencilla, cuando sientas ira, angustia, miedo… “solo respira”, toma consciencia de tu respiración, concéntrate en los efectos en tu cuerpo y en tu respiración de esos estados, y verás como poco a poco irán pasando y volverá la calma.

Y cuando lo hayas experimentado y tomado conciencia de los cambios que te reportan, enséñaselo a tus hijos

Solo respira…

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