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III los montes de Samos

Relato corto de Alejandro Montero

Los jueves y los domingos tenía la tarde libre de cuatro a… no recuerdo, antes de que avisaran las campanas del monasterio a Misa, a esa hora tenía que estar duchado, con el hábito para los oficios y los cantos, que momentos más Santos compartí en aquella capilla.

Esas tardes aprovechaba para echarme al monte, patear todos sus caminos, otear desde las cimas más altas, bañarme en sus ríos de aguas siempre frías y cristalinas, tambien visitar las ruinas de castros, asentamientos romanos y de otros pueblos.
Y como no, visitar a los majestuosos árboles que sobresalían sobre el resto de la tupida maraña de incontables verdes y ocres. Siempre saludaba a Encina, al majestuoso Roble, a Acebo que buenos bastones hice con sus varas, a Manzano que de toda las clases sembré el huerto, a Castaño que buenos atracones de sus castañas me daba en las frías noches, cuando las monjas me las dejaban asadas, escondidas en una esquina mientras servía y recogía los platos de la cena de los Padres y hermanos, que calentitas en los bolsillos del hábito en aquellas noches varios grados bajo cero; y a muchos otros honorables árboles que también saludaba en mis paseos, sería descortes no recordarles.

El bosque es mudo y vacío para los que le desconocen, guardián protector de todas sus criaturas.

Los hombres no se portaron nunca bien con ellas, y el bosque recela de ellos.
Los hombres robaron la poderosa energía que emanaba de sus fuentes a raudales, dejándolo casi seco.
Ah! Pero guarda algunos arroyos escondidos bajo tierra que la reparten silenciosos a todas sus habitantes. Pero has de conocer bien al bosque y afinar bien el oído para escuchar los caminos que recorre, o sentirla pasar bajo tus pies al andar.

Así cuando has encontrado alguna de sus venas has de seguir su recorrido, siempre de abajo a arriba, buscando el corazón que le da vida. Allí, en ese manantial te has bañar desnud@, hasta quedar saciad@.
No te preocupes, no es que esté fría, es que del impacto pierdes la sensación de tu cuerpo, es como si no lo tuvieras, solo tus pensamientos envueltos de una energía que te traspasa y te lleva.

Y un nuevo mundo se abre a ti, la belleza de un bosque repleto de vida y de seres increíbles y maravillosos, que te miran sin miedo, con cariño y admiración, porque te consideran uno más.

Así empecé a ver los montes y bosques de Samos con otros ojos diferentes, y me compartí en esos seres y por sus ojos me miraba…

Pero eso es otra historia que quizás os cuente alguna noche

Música recomendada: https://www.youtube.com/watch?v=_ZjkW1aETos
UXÍA – Túa nai é meiga

hielo
roble
fuentes
arroyos
bajando el monte
Samos

II las noches de Samos

Relato corto de Alejandro Montero

Tras terminar “Completas” el último de la liturgia de las horas, los monjes enfilaban en completo silencio desde la capilla los largos pasillos del claustro dirección a las celdas, mirando en el claro oscuro los jardines de abajo, viendo pasar las estaciones del verde del verano y la primavera a los ocres del otoño o al blanco invernal.

Crujían los cerrojos al cerrar las puertas y ya no abrirían, así ardiera el monasterio, hasta el aviso de maitines y laudes antes del amanecer.
En escasas ocasiones eché la llave, pero algunas las hubo. Todo cambiaba al llegar la oscuridad, pasaban cosas extrañas, todos en el monasterio lo sabían aunque de eso nadie hablaba.

Poco a poco la curiosidad fue superando al miedo, y fui haciendo algunas escapadas cortas por el solitario claustro de los novicios, aventurándome en otros lugares.
Quizás uno de mis preferidos era la terraza de arriba, desde dónde se podía ver todo el monasterio, el pequeño poblado que se agolpaba a sus espaldas, y los montes que lo rodeaban. Pero sobre todo me gustaba ir a la biblioteca privada, donde algunas noches leía libros prohibidos de magia.

Me propuse desde el principio pasearme sin encender las luces para superar el miedo a la oscuridad.
Nunca me echó atrás el frío intenso o la lluvia incansable; ni los gritos, risas o cantos de las fiestas de las meigas en los claros de los bosques, aunque me estremecían.
Pero no podía sacarme ese miedo que a veces me llevaba en voladas de vuelta a la celda.

Dicen y doy fe de ello, que aquel es un lugar de energías desatadas, que los primeros cristianos que llegaron construyeron una pequeña ermita sobre un círculo de druidas celtas, y éstos sobre los lugares sagrados de los pueblos más primitivos. Todos los que por allí pasaron, allí levantaron sus lugares más místicos y santos; por algo sería. También que muchos de ellos hacían allí sacrificios humanos.
“No escarbes mucho la tierra vayas a sacar algún hueso” me decían cuando trabajaba en los jardines o en el huerto. Varios miles de años de paso de muchos pueblos había dejado sembrado de esqueletos por todas partes, tanto en el interior como en el exterior; sobre todos ellos crecían las flores y los árboles.

Pero a pesar de algunas experiencias vividas, estaba decidido a superar mi miedo, hasta que prácticamente me recorría todo el monasterio en las noches oscuras y frías.
Cuando por alguna razón mundana o extraña me sobrecogía un escalofrío que me recorría todo el cuerpo, y perdía el control, juntaba mis manos y rezaba:

“el Señor es mi pastor, nada me falta, en verdes praderas me hace repostar, me conduce hasta fuentes tranquilas y repara mis fuerzas.
Me guía por el camino justo haciendo honor a su Nombre.
Aunque camine por un valle tenebroso, ningún mal temeré, porque Tú estás conmigo.
Tu vara y tu callado me sosiegan.
Me preparas un banquete frente a mis enemigos, perfumas con ungüentos mi cabeza y mi copa rebosa.
Tu amor y tu bondad me acompañan todos los días de mi vida; y habitaré en la casa del Señor por años sin término”.

Así lo repetía una y otra vez hasta que pasaba el pánico, se tranquilizaba el alma. Aunque cada vez lo repetía menos veces, en algunas ni la acababa.
Hasta que superado el miedo, fui a la cripta donde reposan los restos incorruptos de los que fueron Santos y de los que los fueron Demonios, porque de todo lo hubo.
Y allí me quedé un rato, quizás alterado pero sin miedo y sin los rezos, porque de tanto repetirlo comprendí que:

Tú estabas y estarás siempre a mi lado.
A qué he de temer… ni a la maldad de algunos hombres.

Música recomendada: http://www.youtube.com/watch?v=dhqgEdOEagw
SALMO 23…Monjes Benedictinos

Samos
Samos

I las Nereidas de Samos

Relato corto de Alejandro Montero
Dedicado a monjes de Samos 16-02-2013

En el claustro pequeño del monasterio benedictino de Samos, escoltadas por un ciprés y una palmera, rodeada de rosas y flores, pusieron en el éxtasis del barroco una fuente con unas nereidas, que por sus labios soplan agua de un pozo de las montañas.

Dicen los monjes mayores que, al tiempo de ponerla los superiores de la Curia pensaron eran lascivas y decidieron que había que retirarlas.

Cargaron los monjes con gran esfuerzo la fuente y la montaron en un carro. Pero fue imposible, no había manera de llevarlas, no se movían los bueyes por mucho que les empujaran.

Dicen que, las nereidas no querían marchar de la tranquilidad de aquel claustro, de los rallos del sol de medio día; que disfrutan de las historias de santos que les cuenta el ciprés, y las de la palmera, de tierras más cálidas.

Así me lo susurraron aquellas sirenas de piedra en medio de las montañas, lejos del mar, mientras daba pan a los peces de colores y jugaba con las ranas

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