XI atrapada en el laberinto: desierto

relato corto de Alejandro Montero

Regresa la muchacha al laberinto, buscando en el corazón de tan basto dominio que no entiende de espacios ni tiempos, porque en el laberinto todo lo imaginado por el ser humano se hace posible y todas las realidades caben en el mismo momento
Alcanzó la heroína sabiduría de todo ello en su deambular por el laberinto, y siéndolo así lo domina apretándolo en su puño cerrado, controlando con tan solo su mente todos los planos en todas sus dimensiones
Extiende sus manos alargando los dedos mientras vuelan las puertas ante sus ojos por incontables mundos… ya los conoce, ya estuvo antes en todos ellos, con solo pensarlos
Todos los universos humanos miran hacia las mismas estrellas
Busca atenta de entre lo conocido un desierto, el más grande, el más inhóspito, el más vacío de todos

-Aquí…
Detiene en una palabra el inmenso engranaje que mueve, enigma indescifrable, para encontrar una nueva puerta que abre a lugar tan inmensurable que inexorable devora galaxias enteras y con ellas todos sus mundos que ante ella se desvanecieron

Un menhir de piedra se alza sobre un desierto que se pierde a la vista, in-alcanzable final de muchos otros que como ella hasta allí llegaron pero atraversarlo no consiguieron y ahora son solo lágrimas de arena mecidas de un lado hacia otro sobre dunas de tiempo que se remonta hasta más allá del inicio de todo, cuando aún no era nada

La muchacha acaricia la piedra, tallada cuando el mundo de los humanos era solo un sueño lejano, símbolos en el lenguaje de los ángeles la decoran, y así con palabras ahogadas la piedra le habla:

“Esta es la última puerta, si la cruzas no podrás regresar solo encontrar el más allá o perderte en el intento… sopésate antes de intentarlo”

Medita relajada y tranquila antes de entrar en el desierto, despidiéndose de todo aquello que fue el laberinto, liberando ligera carga que aún le queda, su cuerpo desnudo su espíritu en calma, su mente ecuánime y relajada
se siente preparada, animada por escapar por fin del laberinto, esperanzada ante un nuevo reto
y sale de todo lo conocido para entrar en lo desconocido

No hay día ni noche, tan solo un cielo difuminado que nunca se enciendo que nunca se apaga, ¿dónde se esconde Luna compañera? acaso no luce en lugar tan desconcertante, ¿dónde padre Sol? habrá que acostumbrarse a seguir sin ellos.
No siente frío ni calor, no tiene hambre ni sed, ni cansancio sus sentidos se desvanecen, sus sentimientos la abandonan
nada la detiene nada le preocupa nada le importa
Solo arena de

a lo lejos una sombra un hombre sentado, quizás un espejismo tan solo
se acerca curiosa la muchacha, cuántas lunas habrían pasado sin encontrar nada ni a nadie

en el suelo sentado un guerrero, pesada armadura, en una mano una espada en la otra escudo, su cuerpo esqueleto se va deshaciendo en el polvo que alimenta al desierto, uno de muchos uno de tantos
la muchacha se sienta enfrente, sonríe contenta ante la posibilidad de encontrar a alguien

-Oh caballero me decepciona, cómo pudo ser tan osado, imaginar acaso que podría ir tan cargado y con sus manos manchadas de sangre
¿de qué le sirvió su fuerza, su rabia y su ira?

se levanta entre aspavientos para continuar andando
-fue un placer conocerlo pero he de continuar mi camino no puedo detenerme, mira mis manos ya sanaron de la sangre derramada para pisar sacro suelo

atrás queda la guerra y la muerte

solo puede seguir adelante

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