II las noches de Samos

Relato corto de Alejandro Montero

Tras terminar “Completas” el último de la liturgia de las horas, los monjes enfilaban en completo silencio desde la capilla los largos pasillos del claustro dirección a las celdas, mirando en el claro oscuro los jardines de abajo, viendo pasar las estaciones del verde del verano y la primavera a los ocres del otoño o al blanco invernal.

Crujían los cerrojos al cerrar las puertas y ya no abrirían, así ardiera el monasterio, hasta el aviso de maitines y laudes antes del amanecer.
En escasas ocasiones eché la llave, pero algunas las hubo. Todo cambiaba al llegar la oscuridad, pasaban cosas extrañas, todos en el monasterio lo sabían aunque de eso nadie hablaba.

Poco a poco la curiosidad fue superando al miedo, y fui haciendo algunas escapadas cortas por el solitario claustro de los novicios, aventurándome en otros lugares.
Quizás uno de mis preferidos era la terraza de arriba, desde dónde se podía ver todo el monasterio, el pequeño poblado que se agolpaba a sus espaldas, y los montes que lo rodeaban. Pero sobre todo me gustaba ir a la biblioteca privada, donde algunas noches leía libros prohibidos de magia.

Me propuse desde el principio pasearme sin encender las luces para superar el miedo a la oscuridad.
Nunca me echó atrás el frío intenso o la lluvia incansable; ni los gritos, risas o cantos de las fiestas de las meigas en los claros de los bosques, aunque me estremecían.
Pero no podía sacarme ese miedo que a veces me llevaba en voladas de vuelta a la celda.

Dicen y doy fe de ello, que aquel es un lugar de energías desatadas, que los primeros cristianos que llegaron construyeron una pequeña ermita sobre un círculo de druidas celtas, y éstos sobre los lugares sagrados de los pueblos más primitivos. Todos los que por allí pasaron, allí levantaron sus lugares más místicos y santos; por algo sería. También que muchos de ellos hacían allí sacrificios humanos.
“No escarbes mucho la tierra vayas a sacar algún hueso” me decían cuando trabajaba en los jardines o en el huerto. Varios miles de años de paso de muchos pueblos había dejado sembrado de esqueletos por todas partes, tanto en el interior como en el exterior; sobre todos ellos crecían las flores y los árboles.

Pero a pesar de algunas experiencias vividas, estaba decidido a superar mi miedo, hasta que prácticamente me recorría todo el monasterio en las noches oscuras y frías.
Cuando por alguna razón mundana o extraña me sobrecogía un escalofrío que me recorría todo el cuerpo, y perdía el control, juntaba mis manos y rezaba:

“el Señor es mi pastor, nada me falta, en verdes praderas me hace repostar, me conduce hasta fuentes tranquilas y repara mis fuerzas.
Me guía por el camino justo haciendo honor a su Nombre.
Aunque camine por un valle tenebroso, ningún mal temeré, porque Tú estás conmigo.
Tu vara y tu callado me sosiegan.
Me preparas un banquete frente a mis enemigos, perfumas con ungüentos mi cabeza y mi copa rebosa.
Tu amor y tu bondad me acompañan todos los días de mi vida; y habitaré en la casa del Señor por años sin término”.

Así lo repetía una y otra vez hasta que pasaba el pánico, se tranquilizaba el alma. Aunque cada vez lo repetía menos veces, en algunas ni la acababa.
Hasta que superado el miedo, fui a la cripta donde reposan los restos incorruptos de los que fueron Santos y de los que los fueron Demonios, porque de todo lo hubo.
Y allí me quedé un rato, quizás alterado pero sin miedo y sin los rezos, porque de tanto repetirlo comprendí que:

Tú estabas y estarás siempre a mi lado.
A qué he de temer… ni a la maldad de algunos hombres.

Música recomendada: http://www.youtube.com/watch?v=dhqgEdOEagw
SALMO 23…Monjes Benedictinos

Samos
Samos

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